martes, 29 de enero de 2008

confeti

Suena el teléfono en casa de Sofía, ella está sentada pensando en blanco y negro (hace tiempo que le dio por quitarle los colores a sus recuerdos) mientras fuma el último Marlboro de la cajetilla. Él en una cabina telefónica a mitad de un día soleado de enero, temblaba antes de marcar el número, ahora tiembla después de cada sonido intermitente que sale de la bocina. Sofía no se levanta aunque sabe que le hablan a ella. Contesta la niña que les ayuda en la casa.
-Bueno
-Eh, sí...
-Espera, ahora te la paso
-Pero... (Andrés trata de escuchar algo, algo que venga del otro lado del teléfono pero el sonido del tráfico en la calle no lo deja)
-Sí, Andrés... qué haces, ¿dónde estás?... qué gusto me da escucharte...
-No he dicho nada...
-Lucía te reconoció luego-luego...
-Claro
-¿Estás aquí?
-Sí...
¿Cómo andas?
-Igual, a veces pienso que me quedé estancado en los diecisiete. Quiero verte, ¿cómo estás?
-Bien, muy bien. Como que me regresó la contenticidad. Es bien raro como pueden cambiar las cosas de un día para otro, ¿no crees?
-...
-¿En qué piensas?
-En tus nuevas palabras
-Te las regalo
-Ya sé, a veces pienso que es lo único que me queda... esperarte como esperaba los regalos en mi cumpleaños.
-Eso es bueno, supongo.
-Contestas muy rápido, imagino que estás saliendo con alguien. Regresemos a tus palabras.
-No entiendo, yo sólo digo que puedes utilizar mis palabras cuando quieras.
-Gracias.
-¿Qué te pasa?
-No quiero decir “no sé”, mi psicóloga dice que todo lo contesto con eso... supongo que es una forma de evadirme.
-¿Evadir la realidad?
-No, a mí. Hace tiempo que la realidad me tiene sin cuidado.
-¿Por qué?
-No sé.

domingo, 27 de enero de 2008

check out

Andrés llegó a llorar a México. Lloró como se llora cuando se llora: desconsoladamente, a moco tendido, sin berridos, con lágrimas interminables... no gota por gota. No hay nada más llamativo que un señor en suspiros, es como un animal exótico. Andrés lloraba sentado en el suelo apoyando la espalda en la pared y con la cabeza sobre las rodillas. Tenía que pasar por aduana, sus maletas no llegaron pero no era por eso por lo que lloraba, sus maletas nunca llegan de todas formas. Él está preparado para que si algo puede salir mal, salga. No es fatalismo, es costumbre. Salió de Londres hacía doce horas y antes voló de Madrid... la angustia es trasatlántica. Andrés piensa que es impresionante como la gente puede enviciarse con las salas de espera y del extraño sentimiento que te deja cualquier vuelo de más de 4 horas. Claro que se cayó cuando corría en el aeropuerto de Londres para alcanzar el vuelo con destino a México. Se cayó en las escaleras.
Cuando llegó intentó hablar con hada, pero parece que los mensajes telepáticos se confunden con la lista de llamadas internacionales. Ahí fue cuando empezó a llorar, pero tampoco lloraba por la soledad informativa, era la maldita espiral en la boca del estómago, la idea de no saber qué carajo está haciendo con sus años, que los mejores pretextos se le escapan. Llora porque llegó a su país y media hora después lo único que quiere es correr, cruzar otra frontera y empezar de nuevo. Siempre dijo que no sabía porque estaba jugando a niño de mundo si a él le encantaba ser niño de pueblo. Aunque quedan pocos niños de 24 años, eso es de dominio público.

miércoles, 16 de enero de 2008

trayecto

Ahora la novela de paso viaja en tren, dos horas y medio de letras-trayecto entre Madrid y Salamanca. He dejado los puertos hace semanas pero sigue la inexplicable necesidad de tener una ruta de escape, la salida a menos de cuatro pasos. Es como cuando despiertas de un sueño perturbador, de la pesadilla que nos atormenta en las noches, no encuentro nada más oportuno. A todos nos gusta esperar al momento exacto, aguantar hasta el umbral de la angustia. Entonces jalamos una bocanada desesperada y brincamos de la cama exaltados a instantes de lanzarnos al vacío, a tres centímetros destrozarnos las piernas, a segundos de morir ahogados, a un impulso de dispararle a nuestro viejo entre los ojos. Así se completan los relatos caminando por los muelles o esperando el último tren en la estación, armamos las situaciones en busca del momento en el que habremos de arrepentirnos, pero no se puede regresar a los quince, eso seguro. Los trayectos se van haciendo tristes por lo nostálgico de nuestra generación. Y todos comentemos errores, el problema es que a mí se me escapan de los ojos. Viene un personaje diferente.

martes, 8 de enero de 2008

enviciación en toledo

Hada descubrió un nuevo personaje, uno de mí. Uno que yo no he escrito ni escribiré nunca. Supongo que los días nos atrapan y ya no hay nada que pueda ocultarle a sus alas nocturnas en mis mañanas de resaca. Despertamos hermanos y yo me aferro a sus diarios aunque evito leerlos, todo es el miedo al fracaso ¿pero se puede fracasar sino sabes lo que quieres? Y yo quiero quedarme porque me asusta el debo de mi vida, la espectativa queretana entre mis ojos, las situaciones constantes, lo que me toca. Y quiero irme porque me asusta el quiero. No soy niño de decisiones porque las pocas que he tomado firmemente han salido mal. Mal por decir algo, por no decir que desalieron.
Y ahora escribo un diario con tu nombre aunque a veces parezcas tú... Y van cinco días sin tocar la novela de paso porque me tiemblan los dedos. A saber, los dedos tiemblan generalmente cuando tiembla todo el cuerpo. Me encantaría saber que no hago daño, que no soy yo del que se tiene que cuidar la gente sino al contrario... me gustaría escuchar al viejo desocupado por la tarde. Tengo que hablar con mis hermanas en México, quitarles la impresión de este tango español.

martes, 1 de enero de 2008

2do.

Me gusta la imagen de cualquier posible juego con las letras de tu nombre. Eso lo descubrí mientras te buscaba en las páginas del décimo tercer capítulo de mi novela de paso, todo durante un crucero de Helsinki a Estocolmo donde te imaginé antes de apostar todo en las cervezas del casino. Yo no juego, aunque claro que me gusta Dostoyevski, y por supuesto que perdí. Nunca pensé que fuera a decir que prefiero tierra firme, el efecto tierra firme, las borracheras tierra firme. No pensé que lo fuera a decir sintiéndome un pirata diletante. Y sigo de puertos, aunque lo que yo necesito es irme de marcha. Aquel día lo único que esperaba era llegar a Estocolmo para matarme la resaca con otra cerveza o con una barbacoa de hoyo aunque alguna vez me dijeron que eso no sirve de nada, mucho menos en el viejo mundo; desembarqué y caminé las calles de otro puerto pensando en el estilo Tesistán sin encontrar nada y tuve que destrozarme los mareos retrasados del Báltico con tragos de Heineken. De todas maneras la resaca resultó incurable y no me quedó más que caminar divertido, hablando con hada hacia cualquier parte del mundo, pensando en que yo te conocí un día-festejo que inventó Carroll.

Recorrí la ciudad siguiendo las torres de las iglesias durante 3 horas, cuando por fin encontré la oficina de turismo resultó que los mapas de la ciudad estaban agotados pero que me podían dar un folleto con las direcciones de los mejores restaurantes de la ciudad, a lo que contesté sonriendo que “no, muchas gracias... por mí que se la engrapen” –las maravillas del español sin terminas las frases guiñando un ojo-. Tengo que confesar que nunca he sido orientado y ahora veo fotos de una iglesia a horas distintas y claro que la iglesia no es la misma... por eso no me quejo de nada. Un viaje diferente, mis manos no dejaron de temblar en todo el día y yo paseaba como Jesús debió de haber caminado cuando se atrevió a caminar "sobre las aguas".

Ahora, en un nuevo puerto, estoy contando los labios que llevo en el movil, desesperando el año nuevo dos días antes. ¿Sabes que las bancas han dejado de utilizarse en los países primer mundistas?, aquí dicen que es por el invierno.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

1. relato

Acá los poemas salen de una pared para estrellarse en otra, literal; y yo me caigo a carcajadas mientras mi hermano cierra los ojos porque él es genio y por supuesto odia la poesía. En los días, que terminan muy poco después de que empezaron, se camina cerca del puerto esperando que algo suceda, que regresen los rusos, que alguien nos haga el favor de llamarnos a la guerra. Por la tarde la gente se vuelve y yo me quedo dando vueltas por los muelles sin pensar en que se me congelan los ojos. Supongo que al final nos fascina tener el camino libre, la escapatoria justo enfrente, algo que nos salve de la sensación de encierro. Ayer mientras caminaba recordé a Mutis y su San Petersburgo desde las tardes claras de Helsinki -no puedo decir “caí de nuevo” porque las tardes no han sido muy claras aquí-, lo recordé a un grado centígrado -que yo siento como menos siete, aunque claro, yo nunca he estado a menos nada-, con este dolor en la nariz por el que hay veces en las que olvido mis manos... mis orejas, me olvido, hasta que mi hermano me busca y mi cuñada pregunta que si todavía siento la cara. El frío mata, más cuando las vacaciones y el socialismo de derecha recortan los cafés y apagan el alcohol.

Y a los fineses les parece curiosa mi apariencia, hasta yo me río de mí pues parece que voy a viajar a los Alpes en cualquier momento, que me adentraré en La Gruta del Toscano aunque los infiernos de Dante nunca me hayan interesado. Se ríen porque visten de negro, como tú antes de salir del piso, y a mí se me perdió la primavera queretana y soy un extravío de colores. Más aseguro mi regreso gris en cualquier barco que me vuelva pronto.

sartén es sartén...

Apareciste cuando yo hablaba de tus ojos negros, de aquellas manecillas imposibles entre tu sueño y mi descanso obligado, hablaba y de pronto tuve que decir que soy mexicano por ser algo aunque la frase la haya hurtado de su teatro, de su payaso que tanto quiero, lo dije al tiempo que ella gritaba que no he dejado de ser el mismo enamorado. Entonces tú te despediste y yo me tuve que atragantar los brazos. Entrar a mi inquisición paulatina.
Hada me preguntó si quería ser escritor después de que ustedes salieron del piso; creo que fue la única pregunta que hizo sin sonreírse; la única que me lanzó sin voltear a verme a los ojos; fue justo después de que se terminaron las cervezas, las cervezas del cuarto día sin descanso. Ella leía escribiendo; yo no contesté nada aunque me vi en mil cafés intentando robarle relatos exiliados a tu ciudad, arrancándole los versos que matan mientras yo me bebía los dedos. Así llegaron todos los relatos, así descubrí que mis historias concluyen en salas de espera con tu cumpleaños infinito; que suceden con nuevas palabras de tu perfil en el temblor de mis manos madrileñas.

lunes, 17 de diciembre de 2007

primero

Esta historia no empieza en el aeropuerto internacional de la ciudad de México, antes pensaba que los aeropuertos eran mi lugar favorito, después dejó de interesarme la gente, después apareciste tú con tu piel de frío en mitad del verano.

viaje...

Tengo dos confirmaciones de vuelo y hambre de manos. Infancia tardía resultado de atardeceres constantes... viajes imaginarios. Ahora queda atravesar la capital con los mismos libros leídos tantas veces. Releer es pasatiempo intelectual e imbécil, contrario a sólo seguir leyendo.

viernes, 9 de noviembre de 2007

4/4 +2

Por fin la encuentras sentada en la mesa escondida del café, leyendo Cortázar, su posición sugiere Cortázar: la frente sobre su mano derecha... la izquierda al centro del libro. A ti te gusta que lea mientras tú lees entre sus piernas de otoño. En eso estás –en sus piernas de otoño- cuando escuchas a alguien que grita tu nombre. Te detienes esperando que sea un error, el efecto de las cervezas y la calle a reventar. Volteas a todos lados, cuando vuelves aparece el “hombre-teatro”, nunca pudiste aprenderte su nombre pero dirige un taller de poesía al que tú asistías. Dos preguntas, que cómo van tus cuentos y el infantilismo, que si sigues creyendo que la poesía-poesía es imposible y que aparece como cuento-poesía. –Sí, todo salvo Enrique Lihn, pues No hubo dolor en el momento justo... tienes prisa y a él le desagrada el olor a cerveza, tu cerveza: un poeta inalterable, es repugnante. Volteas, ella sigue en el mismo lugar. Ahora caminas para cruzar la calle. Sus ojos en la página diecisiete aunque sospechas que de alguna manera te viene siguiendo desde hace mucho.
-¿Qué tal? – susurras cuando se levanta y te besa.
-vienes tarde...
-sí, ¿nos vamos?, esta mochila me está matando y necesito acostarme contigo.
-¿ahora?
-tú ¿quieres? –volteas a verla a los ojos.
-no
-puedo leerte algo –te tiemblan las manos, te sientas y sacas un papel arrugado de la mochila.
-si es Emilia, me marcho
-no, ahora no
-dámelo, quiero leerlo yo
-pero no vayas a gritar...
-prometo.

viernes, 2 de noviembre de 2007

2/4 del 2°

Hay que hacer caso "no hay tiempo para todo", pero la maldita sensación de rutina viene a reventar las cosas. Sales sólo para volver a entrar. Lo rescatable es que el departamento de Rodrigo está a dos cuadras de la estación y que se acabaron las cervezas, claro, sino seguirías con ellos. Ahora al metro y tú con dos seises encima y tres posibles excusas para tu retraso. La gente te voltea a ver como si llevaras una bomba en la mochila verde, aunque podría ser el olor a alcohol. Disculpe, disculpe... permiso, ¡no debes alejarte mucho de las puertas!, salir sería imposible. ¿Por qué siempre se citan a horas pico? Suerte que traes zapatillas, correr se complica demasiado con los carajos mocasines. ¿Seguirá esperando?, prometió que la próxima vez que llegaras tarde se iría y no volverías a saber de ella; y tú con la mejor historia de todas. Entiendes que estás haciendo un cagadero con la literatura queretana y te encanta. Bajas la mano para tocar la mochila verde, ahí sigue, sonríes... cómo pesan las hojas después de escribir. ¡Tienes que llegar, es el mejor cuento de todos y no hay rastros de Emilia! Logras salir del metro, subes las escaleras. Ahí sigue el McDonals, menos mal que nos invaden las franquicias -piensas-, ahora es mucho más fácil dar las direcciones. Corres hacia las mesas del café de enfrente. Tú eres de los que espera, ella no, ¿recuerdas? Tiene que estar ahí, no leerías eso a nadie más.

jueves, 20 de septiembre de 2007

5/6 (3 acá)

Eramos dos adultos aniñados sentados afuera de la cortina de la tiendita donde compraste tus chips chipotle. Yo trataba de recuperar mi aliento con la mano izquierda sobre tu rodilla, tú comías y me hacías comer; aunque también comía para llenar el vacío en mis pulmones. La calle abandonada entre las explosiones, las sirenas de las patrullas nos rodeaban y el cielo empezaba a nublarse; por un momento imaginé que sería un día perfecto: güisqui, revolución, converses, tu rodilla y los chips chipotle.

- Diez meses siguiendo algo que no se qué sea. Es para reírse. - dije distraído, como si alguien me lo susurrara desde el otro lado del mundo.

Entonces me levanté y te ayudé a pararte. En tu boca quedaban migajas de chips, vi tus labios rojos como tus mejillas, tal vez fue por tu miedo o porque así eran. Te besé a un lado de la nariz respondiendo tu pregunta sobre la república, después pasé mi brazo por encima de tus hombros preparandote para caminar como camaradas. En ese momento apareció la guardia civil por la esquina donde habíamos doblado hace apenas unos minutos. Yo me paralicé mientras tú empezaste a caminar hacia ellos con la bolsa de chips volteada sobre tu boca consiguiendo que cayeran los últimos pedazos que se escondían en el fondo.

Caminé. Nos acercamos, cinco de ellos avanzaban como marchando (que estupidez), el sexto corrió cruzándonos y se detuvo detrás. Cuando estaban a un metro de nosotros tú les sonreíste y yo le tiré un derechazo en la nariz al puerco que estaba más cerca de mí, no se lo esperaba y se fue hacía atrás, después bajé el otro brazo de tu hombró y salté sobre él. Tú giraste para patear al guardia en nuestra espalda. Los otros cuatro me cayeron encima a macanazos.

Cuando dos fueron por ti y te esposaron gritaste que viviera la república, yo intenté voltear a verte sonriendo, pero cuando me destapé la cara recibí un codazo en la boca que regresó mis manos a donde estaban. Después llegaron más puercos, tres te arrastraron hasta una patrulla y a mí me subieron en la parte de atrás de una camioneta gris. La caja iba vacía. Mientras avanzabamos pensé en mi vaso de güisqui y reconocí el error de llevar el libro en su lugar. Después quise decirte que si ellos aborrecían la república... yo aguantaría, aunque no supiera su significado.

viernes, 14 de septiembre de 2007

3/6 (3 allá)

No te volví a ver hasta el día en que entraste desesperada a mi pensión, creo que eres la única persona que ha podido abrir esa puerta sin llave. Lo único que atinaste a decirle a mi casera, que estuvo a punto de colapsarse con tu aparición, fue que si estaba el niño despeinado de la comida corrida. Yo escuché tu voz entrecortada desde la máquina de escribir de mi cuarto, desde el vaso de güisqui en mi mano derecha y te imaginé de pie con las manos sobre tus rodillas, los ojos al suelo, la respiración agitada. Así supe que la revolución empezó un domingo. Cuando salí de mi cuarto ya estabas sentada en el sala con un extraño olor entre gasolina y perfume. Te llamé y te levantaste sin voltear a verme.
- Tenemos que irnos...
Yo no dije nada, regresé a mi cuarto, cogí la bolsa de plástico donde guardo el dinero, y Plata Quemada de Piglia, sonreí pensando en nosotros sitiados por la guardia civil en algún departamento de cualquier edificio. Tú estabas parada junto a la ventana volteando hacia la calle aunque yo sabía que tenías los ojos cerrados.
- Vamos...
No terminé la frase cuando el sonido de las sirenas de las patrullas y las ambulancias coloreó la calle, de pronto me sentí ridículo. Eran las 12 del día, salimos de la pensión corriendo hacia la izquierda, tú tranquila mientras yo pensaba que haber sacado un libro en plena guerra civil no fue lo más inteligente... que lo cambiaría, junto con una de mis manos, por el vaso de güisqui. Siempre estuve atrás de ti y estoy seguro de que no podía correr más rápido, mis ojos a ti, tu espalda, tus piernas, tus Converses negros.

viernes, 7 de septiembre de 2007

1/6 ( 3 acá )

Creo que me preguntaste el tiempo que llevaba afiliado al partido antes de que aventara nuestra última bomba molotov a la fila de lanzagranadas, entonces tuvimos que correr y tú desapareciste con tu amigo republicano. Ahora contesto, no estoy afiliado al partido, cualquier lucha me parece divertida y cuando asisto a alguna marcha que termina en represión duermo bien. Creo que así es más interesante, yo sólo veo a la gente pasar con sus pancartas y los cánticos (porque los gritos de protesta siempre son cánticos de gente desesperada, como nosotros), así me siento tranquilo porque nunca podría delatar a nadie. Jamás había socializado entre las filas y menos con alguien que se viera bien escapando en Converses negros. Tampoco había tenido una pérdida considerable desde que abandoné el distrito federal como resultado de la muerte de mi padre, pero tú diste vuelta hacia el otro lado en la esquina de Campomanes y Arrieta .No me considero idealista, mucho menos, ideal. Y sé que tú no lo has pensado, tengo la manía de aclarar las cosas que no importan. Aquella revuelta me dejó llorando de la risa, o pudo haber sido el gas lacrimógeno. El rollo es que moría a carcajadas cuando entré llorando a mi pensión, la casera iba a reprochar algo pero terminó riéndose conmigo antes de que abriera la puerta de mi habitación.

martes, 24 de julio de 2007

14 de 15

Cuando llegué a la mesa susurré a su espalda el siguiente verso. Me niego a sólo pensar poesía y encontré las palabras recordando a mi abuelo. Al viejo le dio por caminar recitando a Mario antes de morir. Susurré porque los versos se hablan y ella volteó sin dejar de leer el poema aunque sus ojos se quedaron en mi cuello, quizás trataba de asfixiarme. Yo pasé saliva y caminé hasta el lugar que quedaba frente a ella, me senté, apuré mi güisqui sin dejar de ver sus hombros descubiertos y esperando a que terminara la lectura. Cuando calló yo quise decirle “Emilia”, pero su mano izquierda se acercó a mis labios sólo para quedarse por un instante en el descuido de mi barba, entonces empezó a recitar su soledad y yo encontré esa angustia afrodisiaca en todo, sentí que leía de mis manos cuando aparecieron los otros en su historia, sus demás. Terminé otro güisqui. Después escondió sus dedos bajo la mesa y antes de que pudiera dejar de hablar yo me paré para pedir otro trago y arrancarle un beso. Nada, giró y yo empecé a convencerla de su personaje, de que revivíamos una incorregible coincidencia. Le dije, mientras me sentaba, que aquella vez era otro bar, los tragos eran más y su falda mucho más corta, que nunca había querido quitarle la ropa a nadie como a ella. Que me acerqué para invitarle el trago que ella me pidió sin conocerme. Para convencerla le juré que tenía un lunar cerca del pezón izquierdo, que esa vez entre sus sábanas descubrí tres páginas de mi novela depaso. Que todavía amanezco sonriendo cuando pienso en los gritos de los vecinos. Ella no dijo nada, separó ligeramente las piernas debajo de la mesa y siguió escuchándome sin dejar de mover los labios en los que yo reconocía el siguiente poema de la noche. Terminé el monólogo argumentando que después de esa noche, de días, donde nos matábamos y despertaba sin ella, jamás regresé a mi piso. Que salí de su cama y de su máquina de escribir para perderme en esta ciudad hasta encontrarla de nuevo. Hubo un silencio medido y empecé a respirar violetas.

viernes, 20 de julio de 2007

13 de 15

Entré al bar un poco más tarde que cualquier otro miércoles, eran las diez menos cuarto. Esto de trabajar horas extras sin paga me sigue matando. En el Malasaña nada interesante, dos mesas llenas, la mesa de billar atolondrada con el abuelo y el grupo de Oaxaca. Todo en entonado cotidiano. Mas cuando me dirigía a la barra un silencio medido llamó mi atención (los silencios medidos taladran) al fondo del bar del lado izquierdo una voz de mujer hablaba poesía... no me volví a ella, sonaba a Benedetti. En un principio pensé que recitaba para una pareja que en ese preciso momento debía de estar en algún otro lado; lo único que me vino a la mente fue el baño. Hay que estar acostumbrado para poder escuchar poesía dado que la primera impresión de un gran poema aterriza en el estómago. Llegué a la barra, no tengo miedo de sentarme a tomar solo y no me considero aficionado de las barras, visto como un problema de comunicación, pues nunca le he dado mayor importancia a mi avidez por la bebida. En esa ocasión decidí la barra por mis imperiosas ganas de ser atendido pronto, la sed es implacable cuando el tiempo se alarga entre los tragos.
Me senté, Don Jesús me acercó el plato de cacahuates que nunca he probado y un vaso repleto de hielos. “Ahora sí. ¿Qué te voy a servir, Pancho?”, casi nunca contesto esa pregunta, generalmente saludo y después él va por una botella de güisqui y la deja de su lado de la barra pero frente a mí, “de todas maneras no tiene caso que perdamos el tiempo en regresar por ella, ¿o sí?" Silencio.
El bar era el mismo pero al intrusa poeta me empezaba a intrigar, yo escuchaba su voz, la plática de las dos mesas detrás de mí y el tono oaxaqueño en la mesa de billar... pasaron dos vasos sin que escuchara a algún acompañante. No sé, podían ser muchas cosas pero después de veinte minutos notabas que ella no leía para nadie, sobre todo porque repetía versos aislados subiendo el tono, o susurraba la última palabra de casi todos los poemas. Terminé por volverme para buscar sus labios-poesía. Seguía sola, el libro frente a ella sostenido por las dos manos; no tomaba, eso seguro, el vaso sobre la mesa había extraviado los hielos a manos de la temperatura nocturna. Me terminé el güisqui y esperé a que Don Jesús me sirviera el siguiente (parece que ese trago fue le tercer verso del primer cuarteto... soneto ineludible), lo levanté y empecé a caminar hacía su mesa.
Dos días después supe que el poema que ella leía cuando me acerqué a su mesa era Bienvenida, hay días en que la vida te patea la espinilla de una manera divertida.


-... yo nostalgio, tú nostalgias y cómo me revienta que....

sigue..




lunes, 16 de julio de 2007

necesito tu espejo

Tendría que escribir algo antes de utilizar a Benedetti... mas callaré hasta robar tu metro y medio de páginas en blanco.

Nuevo canal interoceánico

Te propongo construir
un nuevo canal
sin esclusas
ni excusas
que comunique por fin
tu mirada
atlántica
con mi natural
pacífico.

Mario Benedetti

miércoles, 11 de julio de 2007

08-2006

Recibí la llamada y no dije mucho, qué cómo estaba, que qué tal la fotografía... que mi literatura ya se había cancelado. Aunque mi literatura no fue literatura, ni tampoco era mía y lo que fue se canceló cuando tenía diecisiete y mis cartas dejaron ser cartas para convertirse en casi-cuentos y después en intentos de poesía. Ella me contó que Madrid la estaba cansando, su beca se había terminado y que a pesar de que su papá le había dicho que por dinero no había problema, estaba pensando seriamente en regresarse a vivir a México, no a Querétaro, tal vez a Monterrey o al d.f. Ya no tenía novio y estaba rentando un piso ella sola. No salía con nadie de acá y se había aburrido del jamón serrano (creo que yo le dije que dos años eran más que suficientes para cansarte de todo, no me acuerdo, aunque yo tenía casi 21 años viviendo en la misma ciudad y de lo único que me había cansado era de mí mismo). Después nos despedimos, le pedí su dirección, su teléfono... lo que fuera para quedarme con la esperanza de poder comunicarme con ella alguna tarde revuelta... me dictó todo a su manera, suponiendo que yo tenía una pluma en la mano (que de hecho tenía, como siempre aunque no servía), rápido, como cuando te avientas de cualquier parte demasiado alta (la altura depende de la persona, no necesariamente de la altura de la persona) respiras, cierras los ojos y ya, como el tequila; aunque desde los quince no tomo tequila. Y yo sabía que no me iba a repetir nada porque cuando ella acaba de decir algo pasa de inmediato a otro tema, lo que fue, fue... lo demás se pierde en el acervo de conversaciones telefónicas internacionales... Apunté algo de lo que pude recordar en alguna página de Bolaño, el libro más cercano. Hacía diez segundos se había despedido mandando saludar a todos y prometiendo postales. Colgó sin que yo dijera nada... noté que seguía con la bocina en el oído cuando empecé a escuchar un beep intermitente.

lunes, 9 de julio de 2007

Era otro de tus días, otro espacio sin cronómetro de aventuras alcohólicas porque tu mundo insistía en desbaratarse en pedacitos; el bar vacío, tres mesas ocupadas contando la tuya. Nadie contigo, te habías quedado de ver con tus amigas a las nueve de la noche y tú estabas ahí desde las siete menos diez. Ahí el problema de no ser una niña de planes y de fastidiarse con los horarios. Como si la gente supiera que a las nueve de la noche se le va a antojar una cerveza, o que en dos días querrá ponerse hasta la madre. Faltaban quince minutos para que llegaran el club sudaca y las únicas dos mexicanas que siguen soportando tus depresiones suicidas, los desfiguros... ¿por qué se sigue la tendencia de alejarse de la gente triste? Llevabas tu falda corta y la blusa negra que nunca le gustó a tu ex porque el escote dejaba ver su lunar o tu lunar que siempre quiso que fuera suyo. Recordabas la copa llena de vino que aventaste a la pared de tu cocina cuando notaste que no estaba el mesero guapo. Entonces te paraste para preguntarle al barman que si aceptaban tarjeta –qué bien te vendría un vodka de cortesía, un intento más del chileno de sonrisa triste-, tú te hubieras acostado con él desde que lo conociste pero él se interesó en ti y eso terminó por mandar la fantasía directito a la chingada-. Estabas en eso, en que tal vez ahora sí te lo llevarías a tu piso aunque te dijera que le encanta tu espalda o que la última vez que te vio dejaste una servilleta con una historia que no entiende pero que tiene guardada en su cartera, pensabas en eso y en tu vodka con jugo de arándano cuando entró Guillermo (claro, en ese momento no sabías cómo se llamaba) cruzó el bar de la puerta a la barra, le pidio al barman dos Jack Daniel’s con agua y corrió al baño. Si hubiera estado peinado o caminara en zigzag te hubiera parecido pretencioso, otro hijo de papi recorriendo la España de los hijos de papi, hijos de todo, menos de españoles. Dos horas después te enteraste de que era mexicano y que llevaba seis meses recorriendo Madrid buscando a una exnovia que un día le llamó a su casa para decirle que lo quería...

martes, 3 de julio de 2007

decir...

Las cosas no se escriben para decir. No porque exista algo narratable, argumentable, palabrable ... la necesidad reside en la escritura y no en su interpretación. Sería inútil significarnos en la lectura pues el lector es prescindible. Sólo se pintan las cosas insufribles, las imposibles, las no-cosas; las que se resuelven en todos los idiomas menos en el propio... no hay creación criticable o injusta. Todo el tiempo hay nada que decir, sobre todo con los dedos, pero me aterro y trato de no quedarme callado.